Debemos confesarles que hacer este post
ha sido 
difícil (ha requerido varias cabezas
pensando minuciosamente durante varios días).
Y es que el Espíritu Santo nos resulta un
desconocido y más aún sus siete dones. Por
lo menos para mí ha sido todo un camino de
comprensión y aprendizaje sobre quién es Él y
 cómo actúa en mi vida. ¡Y sigue siéndolo! pues
creo que todavía logro vislumbrar muy poco de lo
que Él hace.
Yo lo veo así, la mayoría de las veces si
actuara yo, y únicamente yo, las situaciones de la vida
(desde las más pequeñas hasta las más complejas)
se tornarían un poco distintas. ¿A qué me refiero? Me
 molestaría mucho más, diría más tonterías, sería más
egoísta, me costaría muchísimo más rezar,
comprendería mucho menos algunos misterios de
la vida… pero hay una fuerza que habita en mi
interior, que me mueve, me concentra, me hace
pequeña y me engrandece;
 en conclusión, me hace
mejor ser humano: el Espíritu de Dios que vive en mí,
que no es otra cosa que el amor.
Son muchas las situaciones en las que nos estamos
perdiendo (o no nos estamos dando cuenta) de lo que
podría ser nuestra vida si dejamos que el Espíritu
actué en ella. Acá les dejamos algunos ejemplos…

1. Don de ciencia:

DON1Por la ciencia podemos conocer el verdadero valor de la creación en su relación con el Creador. Podríamos ver este don en algo que nos pasa siempre, y que algunas veces nos damos cuenta y otras no: estar frente a un gran paisaje y solo “vernos a nosotros mismos dentro de él”. El reto está en ser capaces del asombro, salir de nosotros mismos para ver más, ver a Dios en su creación y en ella reconocer su amor.

2. Don de sabiduría:

DON2Es la capacidad especial para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz de Dios. Iluminados por este don, podremos ver desde el interior las realidades del mundo. ¡Imagínate como sería si viésemos las cosas como Dios las ve! El problema está en que la mayoría de las veces vemos y juzgamos las cosas desde nuestra perspectiva humana y esta, muchas veces, ¡es tan corta! y se deja llevar tanto por emociones y criterios pasajeros que termina empequeñeciendo nuestra vida. ¡Cuántas veces nos perdemos de cosas increíbles como una bonita relación por seguir los criterios del mundo!

3. Don del consejo: 

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El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, ayudándonos a ver  lo que es bueno, lo que nos hace felices, lo que nos conviene más. Nos pasa que frente a decisiones importantes en nuestra vida y cuando los demás se acercan a nosotros para pedirnos ayuda, no sabemos qué pensar, qué decir y menos cómo actuar… ¡Nos vendría tan bien abrirnos, estar en presencia de nuestro interior, de ese Espíritu que habita dentro! Para ver, para apoyar, para aconsejar y saber actuar.

 4. Don de la fortaleza: 

DON4La fortaleza nos hace obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las dificultades de la vida, para resistir las tentaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente.  Creo que ninguno puede decir que siempre es fuerte, que siempre resiste ante la tentación. Una de las realidades más evidentes que nos hace toparnos con nuestra humanidad, es que somos frágiles; allí es donde nos encontramos con Dios, cuando nos experimentamos necesitados de su fuerza. Por eso, nunca dudemos en pedirla, ¡pero a tiempo! Antes de que sea demasiado tarde y tentaciones, como no ver lo que no nos hace bien, nos ganen.

5. Don de la piedad:

DON5

La piedad sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura con Dios y con los hermanos. Mucho tiempo pensé que ser piadosa significaba rezar y rezar como las señoras que veía de niña en la Iglesia… pero como don del Espíritu significa ponerme en los zapatos del otro, sentir con él. ¿Y cómo sentir lo mismo que Dios? ¡Pues buscando amarlo! ¿Y cómo lo amas más? Amando en esas pequeñas cosas a los demás: diciendo una palabra de aliento, saliendo de mi comodidad para ayudar a otro, no queriendo tener siempre la razón. Así seremos de esas almas –como dicen por ahí– que no gritan, pero aman.

6. Don del temor de Dios: 

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Temor de Dios no es tenerle miedo porque es un Dios justiciero y castigador. Significa tener un espíritu maduro, consciente de la culpa y del peso de nuestro pecado, pero confiado en Su Misericordia. Es el temor de hijos, que proviene del amor. Como cuando éramos pequeños, que no queríamos que nuestros papás se molestaran con nosotros, no por miedo, sino porque nos daba pena defraudarlos, hacerlos sufrir. El temor de Dios  implica en nuestra vida darle lo que es debido a Dios, que Él ocupe el lugar de Dios en nuestra vida y no otro. Darle el peso a nuestras acciones, sobre todo a las que nos hacen alejarnos de Él. Un medio muy concreto es acudir al sacramento de la confesión cuando sea necesario, ¡así nos toque hacer una fila muy larga!

7. Don de inteligencia: 

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Es una gracia que nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y a profundizar las verdades que Él nos enseña. Cuántas veces nos pasa que nos quejamos o nos quedamos cómodamente pensando: el cura habla mal, es enredado y aburrido, no le entiendo nada; o yo no hablo de mi fe porque nunca sé que decir, tengo muchas dudas… ¡y hacemos tan poco para solucionarlo! Por experiencia propia les digo que la fe se fortalece cuando la entendemos, cuando profundizamos en ella y no nos quedamos conformes con lo que aprendimos cuando éramos chicos.
¡Para poder tener estos dones en nuestra vida, debemos pedirlos! Mañana, que la Iglesia celebra la Fiesta de Pentecostés, pidámosle al Espíritu Santo que derrame sobre nosotros sus dones y nos haga participes de su infinito amor.
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 Luisa Restrepo, catholiclink