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viernes, 29 de julio de 2016

La Santa Misa contada en Historietas 3





3. Christopher
(La Misa - La Vida por los Hermanos)

El 22 de diciembre a las 10 de la mañana la campana del colegio de Tiefenbronn arrancó a todos alumnos de sus asientos. ¡Vacaciones! ¡Vacaciones de Navidad! Apenas le quedó tiempo al profesor para desearles ¡Feliz Navidad! Todos partieron corriendo. Como últimos salían del salón del primer año de media los mellizos. El profesor los apuró: "Pónganse en camino a casa. Tienen que caminar muy lejos. Se ha dicho que el clima va a ser muy malo". "No se preocupe. Nuestro hermano mayor nos acompañará". Durante la semana los hermanos vivían con una tía en la pequeña ciudad de Tiefenbronn. Los sábados, los días de fiesta y las vacaciones los pasaron en casa, en un pueblo a dos horas de camino. El hermano mayor los estaba esperando. En pasando, el profesor de gimnasia les dijo": Feliz Navidad y mucho cuidado, Christopher, con los pequeños. Va a nevar". Al verlos salir del colegio pensaba: "Gran muchacho, este Christopher".

Christopher tenía alrededor de 16 años. Alto, de hombros anchos. Sus ojos claros miraban alegremente al mundo. Se le veía en la cara que era un chico bueno. Su padre solía decir: "Christopher regala hasta el último centavo a los demás". Se acercaron los pequeños. Contaban y contaban. Christopher estaba callado, le preocupaba el mal tiempo anunciado. El aspecto del cielo y las nubes justificaba su preocupación. Ya habían caminado media hora, habían dejado atrás las últimas casas de la ciudad de Tiefenbronn. De repente Pedro, uno de los mellizos gritó: "¡Primero! ¡Primero!" "¿Que quieres decir con esto?" "A mi primero se me cayó nieve en la cara". Entonces el otro dijo: "A mí también me ha mordido". Christopher se enfadó: "No hagan tonterías, no es hora para jugar. Tenemos que apurarnos para llegar a casa".

En el entretiempo había caído la oscuridad. El viento del norte era terriblemente frío, calaba hasta los huesos. Empujó a la nieve en ráfagas cada vez más densas en contra de los muchos. Los chicos tenían que esforzarse para avanzar contra el viento y la nieve. Christopher se había vuelto muy serio y callado. Pensaba sólo una cosa: "¡Ojalá que los pequeños lleguen a casa sanos y salvos!" Los mellizos ya no pensaban en hacer bromas. Sin palabras le seguían. La nieve los había medio congelado. Pedro dijo: "Estoy cansado. Me echaré un poco para dormir en la nieve blanda". Christopher le respondió: "¡Ni lo pienses!. Tú sabes muy bien que uno se congela cuando queda dormido en la nieve". Después de un tiempo el otro mellizo, Pablo, suspiró: "¡Ya no puedo más!" "Ven, yo voy a cargar con tu mochila. Tu no eres cobarde".

Christopher intentaba penetrar con la mirada la oscuridad y la tempestad de nieve. Todo le parecía extraño. "¿Hemos equivocado el camino?" Vislumbró un cerro rocoso. Christopher conocía todos los caminos, todos los campos alrededor de su casa. Pero esta roca le parecía desconocida. "Señor, Dios mío, ayúdame para que pueda llevar a los pequeños a casa".



Al llegar a la roca vieron una especie de refugio. No era una cueva pero servía para descansar. No había nieve allí. Hasta un poco de hojas secas invitaban a echarse. "Este es nuestra sala de estar", dijo Pablo y se metió en el refugio. De las mochilas Christopher armó un pequeño muro. Luego juntaba las hojas secas y preparó una especie de cama para los pequeños. Cuando los mellizos estaban acostados se quitó el saco forrado de piel y los cubrió. Luego se acostó delante de los pequeños para protegerlos con su cuerpo. Pasaron unos momentos. Luego los tres se dormían profundamente, agotados por la lucha contra la tempestad, la nieve y el frío. Alrededor de la una de la tarde la madre se acercaba cada dos minutos a la ventana para mirar si sus hijos estaban llegando. Pero la tempestad no le permitió ver más allá de una palma de la mano. El padre escondía su preocupación trabajando en el establo. Pasada la una le dijo al jornalero": Ven, vamos a buscar a los chicos". El empleado sacó el caballo del establo, el padre preparó dos linternas, amarraron el caballo al trineo y ¡en marcha!.

Poco a poco amainó la tempestad. Hasta aclaró un poco en cuanto le permitía el día invernal tan corto. Los dos hombres se cubrían el rostro ante el frío cortante. "Señor, ayúdanos a encontrar a los muchachos", murmuró el padre. Fueron hasta el pequeño puente de donde se desvía de la carretera el camino a la granja, si se puede hablar de carretera. El empleado acotó: "No se ve rastro alguno". El padre dijo: "La tempestad ha borrado toda huella". Pasaron el puente. De repente el padre paró el caballo: "Creo que han pasado por aquí. Se veían unos rastros semiborrados pero en la dirección equivocada. El empleado concluyó: "No han visto el desvío del puente. Han equivocado la dirección".
El padre apuró el caballo. Después de un largo rato vieron la roca. "A lo mejor se han refugiado allí". Pararon y se abrieron camino en la nieve hacia el refugio. Vieron las mochilas, la camisa multicolor de Christopher. El padre llamó: "¡Pedro, Pablo, Christopher!". Algo se movió entre las hojas secas. Los mellizos sacaron la cabeza. "Papa" gritaron y corrieron hacia su padre. El empleado tomó a Christopher del hombro y los sacudió. Los pequeños llamaron: "Christopher, Christopher". El padre se acercó: "Christopher". El muchacho no se movía. Acercó su cara a la mejilla de Christopher. Fría como hielo. "Señor, ayúdanos", suspiró el padre. Luego lo levantaron un poquito. Frotaban sus manos, sus sienes, su pecho. El empleado dijo: "Está muerto".

Cuando la madre se había acercado a la ventana lo que parecía la milésima vez vio cómo el trineo entró a la granja. Sólo vio al esposo, al empleado a los mellizos. Vio algo echado en el asiento atrás. "¿Christopher? ¿¿Un accidente?". Luego estaba ante el muerto. Nadie decía palabra. Luego dijo Pedro: "Se ha echado para cubrirnos como si quisiera encerrarnos en el calor.". En la granja se celebró Navidad como siempre. El padre leyó el evangelio de la Nochebuena. Como siempre tocaba los villancicos en la cítara. Pero el canto no se oía muy firme. En el sitio de Christopher habían puesto una cruz y un ramo de pino. "Él esta con nosotros", dijo el padre quedamente.

Cuatro días después de Navidad, en la fiesta de los Santos Inocentes enterraron a Christopher. En contra de su costumbre el párroco hizo una homilía en la misa de cuerpo presente. Varias veces se equivocó y dijo en lugar de "Cristo" "Christopher". "Dio su vida por sus hermanos." "Los encerró en sus llagas." La gente pensaba que el párroco se había equivocado muy bien.

Cada año, al celebrar Navidad colocaban en la granja, en el sitio de Christopher una vela encendida y un ramo de pino. Pedro y Pablo pintaron grande la palabra de la Biblia: "Nadie tiene amor más grande que él que da la vida por sus hermanos". Pablo solía decir: "Cuando adornamos el lugar de Christopher siempre me parece que está presente". Pedro hizo eco: "Yo pienso que es como en la Misa: Cristo ha muerto por nosotros y esta siempre presente".

El padre dijo: "Con Christopher es como si estuviera presente. En la Misa Jesús está presente de verdad, vive por nosotros y cuida de nosotros. Allí se sacrifica por nosotros, sus hermanos.




    Muerto por los Hermanos

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