lunes, 23 de enero de 2017

¿Es bueno para un cristiano meditar sobre el infierno? Depende: ¿le lleva a amar más?


«Maranatha», del padre Spidlik, sobre la vida después de la muerte


 el carro de heno

La Iglesia respira con dos pulmones, Oriente y Occidente, recordaba San Juan Pablo II, refiriéndose a toda la sabiduría que aportan las comunidades cristianas orientales en sus distintas tradiciones y liturgias. Monjes, escritores y filósofos, santos y mártires y el sentir popular de los cristianos de Oriente tienen mucho que decir al cristiano de hoy.

Un autor que siempre ejerció de puente entre ambos “pulmones” fue el jesuita moravo Tomás Spidlik, sabio profesor del Pontificio Instituto Oriental, fallecido en 2010. Ahora la editorial Ciudad Nueva publica en español su libro de 2007 Maranatha. La vida  después de la muerte, con interesantísimos capítulos dedicados al Juicio Final, al Purgatorio, al Cielo, el Infierno, la Resurrección, la Vida Eterna y el sentido de la Cruz. Es decir, a esos temas que interesan a todo hombre -puesto que todos moriremos, y mueren nuestros seres queridos- pero que no suelen comentarse en las homilías.

Los romanos son juristas; pero Oriente respeta el Misterio 
Mientras la Iglesia de tradición latina ha heredado de los antiguos romanos una mentalidad jurídica, que busca normas, reglamentos y disposiciones muy estructuradas y codificadas, las Iglesias orientales, sean de tradición griega, egipcia o siríaca, siempre han sido más rápidas en asumir que las cosas de Dios son misteriosas, que son más para contemplar que para definir y que ciertas expresiones muy tajantes no son adecuadas para lo que está Más Allá, especialmente en la Otra Vida.

Un ejemplo lo vemos en cómo Spidlik recoge diversas consideraciones sobre el infierno, contrastando algunas intuiciones de Oriente con las de Occidente.

¿Pensar en el infierno? Sí, pero...
Los monjes ascetas de Oriente, que buscaban purificarse del mal con su vida monástica extrema, recomendaban pensar en el infierno al levantarse y al acostarse. Pero lo hacían con un objetivo muy concreto, explica Spidlik: debía suscitarse así el “temor de Dios”, y al avanzarse en la vida espiritual eso debía llevar a un amor de Dios. “El temor se transforma en amor, el llanto en alegría inefable, en sentimiento de gratitud por la liberación de los peligros. San Antonio Abad podía decir: ‘ya no temo a Dios’.”

Algo similar le pasó a Santa Teresa de Ávila: la visión que Dios le dio acerca del infierno le enseñó, decía ella, a soportar con paciencia las dificultades presentes, a tener más celo por la salvación de los demás y a estar agradecida por haber visto “de dónde me había librado Su misericordia”.

Spidlik afirma que las visiones de predicadores como San Pablo de la Cruz o Santa Francesca Romana “no se pueden argumentar como pruebas en argumentaciones teológicas” y que la Providencia las permitió “para suscitar un temor saludable, un motivo para convertirse”.

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El cardenal Spidlik deslinda en "Maranatha". La vida después de la muerte los beneficios y riesgos espirituales de la meditación sobre el infierno.

Lo que sirve a unos santos no sirve a otros
Pero Spidlik explica que esto, que sirve a algunos santos, no funciona para otros. Pone el ejemplo de Santa Teresita de Lisieux, Doctora de la Iglesia.

 “Meditar sobre el infierno depende de la disposición personal y el modo de hacerlo no puede ser generalizado”, escribe Spidlik. “Las meditaciones habituales que proponían en el convento [sobre el infierno] no convenían a Santa Teresa del Niño Jesús, que practicaba una espiritualidad de confianza amorosa en Jesús. La predicación sobre el infierno la afligía tanto que, según el testimonio de la superiora, habría muerto si se hubiera perpetuado en ese estilo”.

Spidlik señala que el método clásico es que el temor, al madurar el progreso espiritual, lleve al amor, pero “no es bueno darle la vuelta al camino y volver al esquema de arriba abajo”, es decir, quien ya vive confiado en este amor, no tiene sentido que descienda al temor.

El infierno no es como la pena de un tribunal 
Spidlik repasa algunas concepciones sobre el infierno. No le convence la visión “judicial” que tienen muchos y que por ello la rechazan. “Se imagina el castigo divino igual que una pena impuesta por un juez en un tribunal profano, que podría ser intercambiada por otra”, dice, considerándolo una “falsa premisa”.



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Icono del descenso de Cristo a los infiernos (el limbo de los justos) tras la Resurrección.

Spidlik ve más sentido en la intuición (que comparte, por ejemplo, C.S.Lewis) de que Dios está hecho de un mismo fuego de amor: a quien le ama y acepta, este fuego le vivifica; a quien se niega a aceptarlo, le daña.

La visión de Dios como fuego es muy común en la liturgia oriental y en autores como San Efrén de Siria. “Recibe el carbón ardiente” se dice en la liturgia oriental al repartir la comunión. Y María es la zarza ardiente, como aparece en muchos iconos: llena del fuego de Dios, pero no se consume. También el hombre debe ser así.El que no ha sido transformado por el Espíritu, se quema (sufre) en este fuego.

Un amor bueno... que los malos experimentan mal  
¿Cómo puede un amor bueno, un fuego de bondad, dañar a alguien? Puede, si es malo. El ejemplo de manual que da Spidlik es el de un marido infiel que una y otra vez engaña a su esposa y vuelve a casa, y ve que la esposa, pese a saberlo, le acoge con amor, intenta amarle más y mejor, y perdonarle… y todo ese amor y perdón de su esposa al marido le duele, le da rabia, reacciona con más maldad. “Esta analogía psicológica ayuda a comprender cómo un fuego de amor puede provocar un fuego de furia dolorosa”. Que es lo que vivirían los condenados.
  
Así, san Isaac de Siria, místico del siglo VII, escribe: “Yo digo que quienes sufren en la gehena [el infierno] son atormentados por los sufrimientos del amor, es decir, donde han sentido que han faltado en el amor, más que por los tormentos causados por el temor”.

Condenación "eterna" no significa "mucho tiempo"
También reflexiona sobre la idea de que la condenación en el infierno es eterna. ¿Es justo que para maldades limitadas en el tiempo y el espacio se decreten castigos eternos?

Spidlik recuerda que la eternidad no es “mucho tiempo”, que no es tiempo en absoluto. Desde luego, no es “un tiempo que se prolonga indefinidamente”. Es más bien el hecho de que Dios, desde su eterno presente, ve cada hecho, cada bien y cada mal, vivo, indeleble. El que se salva, desde el cielo, ve que cada obra buena y cada momento de arrepentimiento que vivió, siguen ahí, con valor eterno.

Pero ¿qué ve el condenado? Ve siempre su mal.

El sacerdote, científico y filósofo ruso Pavel Florenski reflexiona sobre la condición del condenado, no con argumentos, sino con un sueño que tuvo: el condenado está en una oscuridad, “el borde del Ser Divino, más allá del cual hay una nada absoluta. Quería gritar y no podía, un instante más y sería la aniquilación suprema”. Pero no llega esa aniquilación: está siempre en ese borde. Puede imaginarse que es el “estado” más lejano posible a donde “está” Dios.

El Cristo de los iconos no es el de Miguel Ángel
Spidlik también contrasta el Cristo de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, del siglo XVI, que arroja a los condenados al infierno, con el Cristo de los iconos cristianos orientales, que desciende del Cielo, glorioso, tendiendo su mano a los que están en el abismo de la tumba, a los que caen hacia el infierno.




El Juicio Final de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, con los condenados al infierno en la parte inferior.


 Infierno juicio final capilla sixtina
 “Su prototipo es el Buen Ladrón, que fue crucificado junto a Cristo y ahora se encuentra en el paraíso. Pero si, a pesar de tanto amor divino, hay tozudos que rechazan la mano tendida del Salvador, son ellos los que han elegido para sí mismos la segunda muerte”.
   
Spidlik previene, finalmente, en este capítulo sobre el infierno: “Es mejor no escudriñar más en el misterio del mal, que siendo esencialmente negativo, es inexpresable con conceptos positivos”. De nuevo, el Misterio es más para contemplar que para definir y codificar.

¿Por qué en Fátima la Virgen le mostró el infierno a los niños?



Satan as depicted in the Ninth Circle of Hell in Dante Alighieri's Inferno, illustrated by Gustave Doré.

Es una pregunta de mucho valor.

Imagina la edad de esos pequeños videntes en Fátima. De pronto en una de sus apariciones la Virgen les muestra el Infierno. ¿Por qué?

Tuve la alegría de participar hace poco de un retiro del Padre Teófilo Rodríguez, un gran defensor de la Inmaculada que viaja por muchos países predicando las verdades de nuestra fe, haciendo un llamado urgente a la santidad y la reconciliación,  promoviendo la devoción a los Corazones de Jesús y María.

Nos habló del infierno. Y respondió esa inquietante pregunta.

¿Por qué le mostró la Virgen el infierno a esos niños?

“Ella abrió sus manos una vez más, como lo había hecho los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra y vimos, por decirlo así, un vasto mar de fuego. 

Sumergidos en este fuego estaban los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas con forma humana. Llevados por las llamas que de ellos mismos salían, juntamente con horribles nubes de humo, flotaban en aquel fuego y caían para todos los lados igual que las pavesas en los grandes incendios sin peso y sin equilibrio, entre gritos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de espanto. 

Debía haber sido este espectáculo lo que me hizo gritar, como dice la gente que así me escuchó. Los demonios se distinguían por formas horribles y repugnantes de animales espantosos y desconocidos pero transparentes igual que carbones encendidos. Esa visión duró sólo un momento, gracias a nuestra bondadosa Madre Celestial, Quien en la primera aparición había prometido llevarnos al Cielo. Sin esto, creo que hubiéramos muerto de terror y miedo.”

La  respuesta es más sencilla aún pero estremece. ¿Por qué?

“Para recordarnos que el infierno existe. Que es eterno. La condenación es  real.”

Mientras nos hablaba de estas verdades que están en el Catecismo de la Iglesia Católica,  y de lo que poco se habla me di cuenta de nuestra fragilidad:

“…Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de auto-exclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”. 
Catecismo 1033


[...]

Me estremecen estas palabras de la Virgen:

“Dejen de ofender a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido”.

Por eso al rezar el santo Rosario digo con gran fervor al final de cada misterio esta oración que le enseñó la Virgen a los niños en su tercera aparición:

“Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”.

Claudio de Castro, aleteia

Llenar el descanso de encuentros

Catequesis de Juan Pablo II

 vacaciones jóvenes

El descanso significa dejar las ocupaciones cotidianas, despegarse de las normales fatigas del día, de la semana y del año. Dejar y despegarse de todo cuanto podría expresarse con el símbolo “Marta”. Es importante que el descanso no sea andar en el vacío, que no sea solamente un vacío (en tal caso, no sería un descanso verdadero).

Es importante que el descanso se llene con el encuentro. Pienso -sí, ciertamente- en el encuentro con la naturaleza, con las montañas, con el mar y con el arbolado. El hombre, en sabio contacto con la naturaleza, recobra la quietud y se calma interiormente. Por eso no es aún todo lo que puede decirse del descanso.

Hace falta que el descanso se llene de un contenido nuevo, con ese contenido que se expresa en el símbolo “María”. “María” significa el encuentro con Cristo, el encuentro con Dios. Significa abrir la vista interior del alma a su presencia en el mundo, abrir el oído interior a la Palabra de su verdad.

A todos les deseo un descanso semejante.

De modo especial, deseo un descanso así a los jóvenes, chicos y chicas, que, libres de las obligaciones escolares o universitarias, … viven, de manera especialmente intensa, la belleza del mundo y su propia juventud.

Sé que, entre ellos, no faltan algunos para los cuales el tiempo de descanso es, a la vez, el tiempo de un particular encuentro con el Señor, en la comunidad fraternal de los coetáneos. ¡Hermosas, muy hermosas son realmente esas vacaciones! Las conozco por mi personal experiencia, porque en mi vida he transcurrido, como Pastor, muchas vacaciones con los jóvenes.

A todos los jóvenes, por tanto, les deseo, con todo el corazón, que este tiempo de descanso sea para ellos el tiempo del encuentro, de un encuentro, en el cual se halle “la parte mejor”, la parte que ya ninguno podrá quitarnos…

Juan Pablo II

Catequesis de Juan Pablo II en el Ángelus del Domingo 20 de Julio de 1980 Festividad Marta y María

El Papa está haciendo alusión al siguiente evangelio:


Marta y María.
Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. 
Luc 10:39 Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, 
Luc 10:40 mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Al fin, se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.» 
Luc 10:41 Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; 
Luc 10:42 y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola*. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.» 

Artículo originalmente publicado por Radio María

sábado, 21 de enero de 2017

“Pude perdonar a los asesinos de mi padre”

Un conmovedor testimonio de fe y humanidad en medio del genocidio que se vivió en Ruanda en 1994

“Pude perdonar a los asesinos de mi padre”


En 1994, el gobierno ruandés, formado por miembros de la etnia hutu, promovió la exterminación de la minoría tutsi del país, en uno de los genocidios más violentos de la historia.

Los enfrentamientos dejaron miles de muertos y en ese desastre también florecieron historias de esperanza, signos de resurrección como el de Inmaculée Ilibagiza, que Portaluz informó en una edición pasada.

Ahora traemos el relato de Jean-Marie Twambazemungu quien también ha vivido en su carne el corazón de la prueba en tiempos de guerra. En el conmovedor libro Rescapés de Kigali (Supervivientes de Kigali, Ed. Emmanuel), este padre de origen hutu -cuya esposa Stéphanie es de etnia tutsi- reflexiona sobre esas situaciones extremas que enfrentó.

Sólo cuando Jean-Marie hizo una experiencia vital, trascendente, la del amor de Dios, descubrió la paz y se movió al perdón. Esta es su Buena Nueva, cuya narración mantenemos tal como él nos lo cuenta, en primera persona…

Cuando tenía 17 años, hubo un drama en mi familia. Mi padre fue asesinado por sus familiares. Algo que para mí era muy difícil de aceptar, ¡en particular porque mi padre era todo para nosotros! Yo había leído y entendía que debía perdonar a mis enemigos. ¡Pero en esta situación particular, era algo impensable para mí! Si Dios existe, no me puede pedir algo así. ¡No sería justo! Sentía que si Él me amaba, lo mejor que podría hacer por mí era permitirme la venganza.

Tuvimos una especie de consejo de familia para decidir qué haríamos, porque éramos ocho los hijos, que vivíamos gracias al salario de mi padre. Evaluamos la posibilidad de volver al pueblo, pero era algo impensable… mi padre había sido asesinado por familiares debido a que él era el heredero. ¡Como nosotros éramos sus herederos, también corríamos el riesgo de perder la vida! Pero tampoco era sencillo quedarnos en la ciudad, donde la vida era demasiado costosa para nosotros.

Fue entonces cuando escuché una voz que me habló en mi corazón diciendo: “Yo soy tu Dios. Permanece en la ciudad. Yo te cuidaré”. Fue un impulso de vitalidad para mí. Me levanté ante todos, tomé la palabra y les dije: “Vamos a volver a la ciudad, Dios cuidará de nosotros”. Todos se burlaban de mí, tratándome como si estuviese loco: “¿Alguna vez viste caer dinero del cielo? “, decían.

Finalmente como para empezar, durante dos meses tuve un trabajo que me permitió llevar dinero a casa y financiar mis estudios. Aunque era duro trabajar e ir a la escuela, yo sabía que debía aprovechar todas las oportunidades que se me presentaban. Pero puedo testificar que Dios ha sido mi fuerza cada día. Este Dios que escuché, a quien creía distante, lo descubrí cercano. Él no sólo me conocía, sino que le importaba lo que yo estaba viviendo. ¡Incluso más aún!, Él me mostraba soluciones.

Esta experiencia de Dios cambió mi corazón. Regresó la alegría de vivir que había perdido y una gran paz me habitó a partir de ese momento. Gracias a esto pude perdonar a los asesinos de mi padre. Todo el peso que cargaba sobre mí cayó al suelo. No voy a decir que de inmediato los amé a todos, pero sí que les perdoné. 

Así es que hoy, puedo dar fe de que Dios nunca está lejos. Más bien, está cerca de los que sufren. Dios nos ama tanto a cada uno de nosotros, que se queda con nosotros en nuestro sufrimiento y Él no se complace al vernos sufrir. ¡Incluso sufre con nosotros! Él sólo quiere que le dejemos habitar nuestro corazón.

Fuente: Portaluz