miércoles, 28 de junio de 2017

Un plan de vida para conocer a Dios (Un testimonio que te cambiará)

Un plan de vida para conocer a Dios (Un testimonio que te cambiará)

Shutterstock/Marcel Mooij CC
Claudio de Castro, aleteia
De niño soñaba con ser santo. No un santo al que todos señalaran, sino un santo “invisible”, que sólo Dios viera mi santidad y se complaciera en ella. Quería tener contento a Dios. Por ello me cuidaba mucho de no pecar.
En mi inocencia pensaba que todo sería sencillo.
Cuando somos niños la pureza es un don natural. El mundo aún no nos ha contaminado y todo a nuestro alrededor es una aventura. Todavía me recuerdo caminando con mis pantalones azules cortos y mi camisa blanca, regresando de la escuela hacia mi casa. “Quisiera ser santo para ti, Señor”, le dije.
Algo pasó en el camino, que ese hermoso propósito se enfrió. Lo dejé escondido en algún rincón de mi alma.
Tuve una gracia inmerecida y el amor de nuestra Madre del cielo, quien siempre ha velado por mí. Y cuando estuve por cumplir los 33 decidí que viviría para Dios, a partir de esa edad. No tenía idea lo que pasaría después.
Hice un plan de vida ingenuo, que me llevaría de vuelta a Dios.
Todavía lo recuerdo.
  1. Confesión frecuente
  2. Misa diaria
  3. Perdonar a todos en todo
  4. Ser misericordioso
  5. No negar nada a ningún pobre
  6. Levantarme cada vez que cayera.
  7. Leer libros de espiritualidad católicos y la vida de los santos
Empecé lentamente, con dudas y miedos. Era un cambio radical, ¿qué pensarían de mí?
Recuerdo emocionado la ocasión en que alguien me llamó: “Hipócrita”. Le sonreí con amabilidad. Tenía razón en pensarlo. Esos cambios tan raros, ni yo me los creería. Yo perdonaba y ofrecía a Dios todos estos inconvenientes.
Dios no se hizo esperar. Bastó que diera el primer paso para que Él viniera y me mostrara su inmenso amor.  Me cuidó tiernamente hasta en los más pequeños detalles. Ha sido un buen padre para mí. Me encanta saber que es nuestro padre celestial, por eso cuando rezo el PADRE NUESTRO suelo quedarme con esta palabra: “Padre”.
A punto de cumplir los 60, en unos días, me detengo a reflexionar. Sé que mi vida cambiará radicalmente. Tendrá otro giro como el que me conmocionó cuando iba a cumplir los 33.
He comprendido que nunca se trató de mí, sino de ti, de los demás, de los pobres, los desheredados de la tierra, los hijos amados de Dios.
Dios nos pide a todos, “crecer en santidad”, que mantengamos el corazón puro, para que llegado el día, podamos estar con Él y ser felices una eternidad.
“Bienaventurados los de puro corazón, porque verán a Dios”. (Mateo 5, 8)
Ya imagino las grandes aventuras que me esperan a partir de los 60.
¡Qué bueno es Dios!
…………

¿Te puedo pedir un favor? Cuando vayas al sagrario y veas a Jesús dile:
“Claudio te manda saludos”.
Me encanta sorprenderlo y que reciba saludos de diferentes países.
………

Hoy celebramos la vida y el amor infinito de Dios.
…………………….

En el silencio viene Dios

"La oración dilata el corazón hasta el punto de hacerlo capaz de contener el don que Dios nos hace de sí mismo"


H. Silenus-CCCarlos Padilla Esteban, aleteia
Hoy Jesús me dice que no tema porque la luz iluminará todas las oscuridades del alma, de mi vida: “Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse”. Y me quedo más tranquilo. Jesús sabe mi verdad. No le puedo ocultar nada a Él. ¿Por qué temer entonces? Nada tengo que temer.

Quiero vivir en su verdad, en su luz. A sus ojos todo es transparente. No temo. Él ilumina la oscuridad de mi vida. Pretendo a veces ocultar mis sombras, esconder mi pecado. Pero todo es luz en su presencia. Nada hay oculto para Dios. Podré esconder cosas a los hombres. Pero no a Él. ¿Por qué temo? En la luz de su mirada no temo. No me escondo en su presencia.
Jesús me sostiene en mi debilidad. En mi vulnerabilidad manifiesta. No temo la oscuridad. No tengo miedo a los hombres que sólo pueden matar mi cuerpo: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo”.
Temo más, es verdad, a los que pueden quitarme la vida del alma. A los que pueden llenarme de amargura y desesperanza. A los que pueden endurecer mi corazón. A los que siembran odio y rencor en mi interior.
Temo más a los hombres que me seducen y yo me dejo corromper. Temo más a los que insinúan y actúan de forma sigilosa. Para pervertir mi alma y borrar de mi corazón la inocencia. Temo a esos hombres que envenenan el corazón.
Esta semana hemos celebrado el sagrado corazón de Jesús y el Inmaculado corazón de María. Me he detenido a mirar esos dos corazones unidos para siempre. Unidos en su herida. En su dolor. En su amor hondo y eterno. En su esperanza. Miro mi pobre corazón. Herido y duro.
Necesito volver a renovar mi alianza de amor con María. En ella le entrego mi corazón duro y mezquino y recibo a cambio un corazón nuevo. Un corazón grande y puro. Una frase de la Madre Teresa me dio qué pensar: “Debemos amar la oración. La oración dilata el corazón hasta el punto de hacerlo capaz de contener el don que Dios nos hace de sí mismo“.
Quiero amar más el silencio y la oración. A veces me cuesta estar solo. Guardar silencio. Vivir hacia dentro. Vivo volcado en el mundo y el corazón se debilita. Quiero un corazón más grande y para eso tengo que ahondar. Cavar en lo más profundo de mi tierra. Mirar la herida profunda que llevo dentro.
Quiero orar y amar esa oración que saca lo mejor de mí. ¿Estoy siendo la mejor versión de mí mismo? Puedo ser mucho mejor. Puedo ser más generoso, más fiel, más bueno, más alegre. Puedo ser mucho más. No me basta lo que ahora vivo. Un corazón más grande que contenga el don de Dios. Su presencia salvadora. Su amor inmenso.
Me dan miedo los hombres que pueden corromper mi corazón. Que pueden volverme mezquino y egoísta. Me dan miedo aquellos que influyen tanto sobre mí.
Me alegran esas personas que me hacen mejor hombre. Me miran mejor de lo que yo me veo. Me tratan con más respeto del que yo tengo hacia mí. Hay pocas personas así que son como ángeles.
Yo también estoy llamado a ser así. Que pueda tocar con la vara mágica de la bondad el corazón de muchas personas y así los haga mejor. Me gusta la mirada pura que ve siempre lo mejor.
El otro día escuchaba una anécdota que contaba la actriz uruguaya China Zorrilla poco antes de morir ya anciana: “Una vez paseando por el bosque nos detuvimos ante un perro en descomposición. Uno se fijó en que estaba podrido. Otro se quedó con su olor terrible. Pero un tercero se fijó en los colmillos maravillosos que tenía. Desde entonces me fijo en los dientes. Me quedo con lo bello en medio de la fealdad de la vida”.
Una mirada pura que logra ver lo bello oculto en lo feo. La bondad del corazón en medio de su pecado. Me quedo con esos ojos que ven la pureza de intenciones. Y se fijan en los logros, no sólo en los fracasos.
Me gusta esa mirada que sabe enaltecer y no criticar quitando valor a los hombres. Me gusta esa pureza de corazón que no ve perversas intenciones, no distingue pecados ocultos y no logra ver debajo del agua.
Me parece maravilloso tener un corazón así. Un corazón grande para acoger a todos. Un corazón que ame más allá de los límites de la prudencia, de lo razonable. Un corazón grande que esté dispuesto a amar dando la vida. Dejándose la piel en otros corazones.
Me gusta ver el corazón herido de Jesús y de María. Una lanza atravesó su corazón. El dolor del abandono. La muerte del hijo amado. El dolor siempre nos deja heridos. No quiero un corazón perfecto, sin manchas ni pecado.
No busco un corazón que nadie haya tocado. El mío lo han herido. Ha amado y se ha visto defraudado. Pero no vence en mí el rencor ni el odio. No me amargan los fracasos. No me hunden los desencuentros. No pierdo la esperanza.
Me gusta amar y ser amado. No sólo amar, también ser amado. Reconozco que un amor que no espera nada no lo conozco. Todo amor espera amor. Todo abrazo quiere ser abrazado. Y el que mira quiere ser mirado. El que busca encontrado.
Amar desde la cruz de la soledad y el abandono es una gracia que pido cada día. Amar como Jesús me ama. Miro a Jesús y su amor.
Una persona rezaba: “Quiero clavarme contigo, acompañándote al calvario. Sufriendo en cada pérdida, en cada desgarro de mi pobre alma sedienta de tu amor. Mi cuerpo cansado de cargar con tanto dolor, mi corazón roto y mi alma muda, piden en silencio tu consuelo, tu abrazo eterno y tu calor de Padre que me devuelva la alegría de creer en la dicha eterna que me espera a tu lado, Señor. Déjame acompañarte desde mi pequeñez y pobreza, en tu noche más oscura, en tu muerte para darme vida y ser toda tuya, Señor”.
Quiero amar a Jesús que me ama. Que ama mi indigencia y sabe que no sé corresponder a todo lo que me ha amado. No sé darle tanto amor como recibo. No sé amar sin condiciones. No sé amar después de haber sufrido. Pero Jesús sí sabe y me ama crucificado. Me abraza con los brazos clavados. Me habla con los labios sellados.
Me parece tan increíble ese amor humano, que yo quisiera un día parecerme un poco. Amarlo a Él en mi debilidad con ese amor suyo tan imposible. Y amar a los hombres como Él los ama. Estoy tan lejos. Por eso le pido a Jesús que me enseñe a guardar silencio. Así podrá Él habitar en mi corazón. Hacer su morada.
Leía el otro día: “Si el silencio no habita en el hombre, si la soledad no es el estado en el que ese silencio se deja forjar, la creatura se halla privada de Dios. No hay otro lugar en el mundo donde Él esté más presente que el corazón humano. Ese corazón es la verdadera morada de Dios, el templo del silencio. El auténtico desierto está en nuestro interior, en nuestra alma. El silencio que perseguimos confusamente se halla en nuestro propio corazón y nos revela a Dios”.
En el silencio viene Dios a descansar en mí. Guardo silencio para que su Palabra se haga carne en mí. Si huyo del silencio huyo de Dios. Su corazón sana mis heridas abiertas. Su amor calma mi sed de infinito.

Mes del Sagrado Corazón de Jesús, día 28

Meditación de San Juan Pablo II sobre la invocación


Mes del Sagrado Corazón de Jesús, día 28

Recemos
28)          Camino hacia el Padre
L.  Señor Jesucristo, cuando durante la última cena tus discípulos te suplicaron les enseñes el camino hacia el Padre, Tú les respondiste: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por Mi.. El que me ha visto a Mí ha visto al Padre... Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mi" (Jn 14, 5 ss).
1.  Con esto has encaminado nuestra vida hacia el Padre. En tu persona, tus sentimientos y tu corazón hallamos el camino hacia él, porque tú y el Padre son uno.
2.  La bondad del Padre y su amor se reflejan en tu Corazón. El que piensa como Tú, el que obra como Tú, vive en el Padre y el Padre en él.
1.  Para él que se niega a asimismo y busca la gloria del Padre, para él que en profesión escucha la llamada del Padre de conducir el mundo hacia su reino, eres Tú el Camino al Padre.
2.  Por esto basta identificarnos con tu Corazón; ya que tú mismo dices: "El que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él" (Jn 14,21).
L.  Señor, en el caos de la ideologías del tiempo actual danos la firmeza de seguir fielmente la verdad y los principios de vida, que tu Corazón nos enseña.
T.  Queremos "permanecer en tu amor" (Jn 15,9).


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martes, 27 de junio de 2017

Mes del Sagrado Corazón de Jesús, día 27

Meditación de San Juan Pablo II sobre la invocación


Mes del Sagrado Corazón de Jesús, día 27

Recemos
27)          Complacencia del Padre
L.  Divino Salvador, cuando, después del bau­tismo, saliste del agua para iniciar tu vida pública, escuchaste las palabras: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3.).
1.  Tu entrega a la obra salvadora le agrada al Padre; y tu corazón no conoce obra más grande que complacerle a El haciendo lo que a El le agrada.
2.  Tú puedes decir: "El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a El" (Jn 8,29).
1.  Ya que el Padre está siempre unido a Ti en el amor, le manifiestas fidelidad y haces lo que a El le complace.
2.  El puede contar contigo. Tu conoces su an­helo: atraer el mundo a su amor. Nosotros no podemos hacer cosa más grande que aten­der los deseos de tu Corazón:
1.  apoyarnos en Ti para que el Padre sea cono­cido mejor y amado más fervientemente.
2.  No espera de nosotros grandes rendimientos, ni éxitos, ni obras realizadas por propia fuer­za: solamente puede complacerse de nues­tra buena voluntad y disponibilidad de entre­garle nuestro corazón en amor.
T.  Líbranos de la creación que la propaganda y las estadísticas pueden sustituir nuestro amor. Mas bien, haznos decir con el publi­cano: "Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador! (Lc 18,13)

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lunes, 26 de junio de 2017

6 pasos prácticos que ayudan a mantener a tus hijos en la Iglesia

Así pueden los padres ayudar a formar a sus hijos en la fe con un efecto duradero

Photo-Denver | Shutterstock Katrina Fernández, aleteia
Cuando algunos padres expresan preocupación porque sus hijos mayores se alejan de la Iglesia, les digo que el objetivo principal es construir una base sólida de fe de manera que nuestros hijos adultos puedan volver a “casa” como si volvieran a tener una vida familiar equilibrada y funcional.

Una analogía sería que los niños que provienen de familias disfuncionales pueden haber cortado las relaciones con sus padres y como resultado tienen poca interacción con sus familias como adultos y los niños de hogares estables seguirán teniendo relaciones saludables con sus familias hasta la edad adulta. La Iglesia es entonces nuestra familia espiritual.
Aunque lo que digo no es una garantía, todavía hay algunas cosas que podemos hacer como padres para ayudar a establecer estas raíces de fe en nuestros hijos.
1. No menospreciar a la Iglesia
Tengo una regla en mi casa: que no criticamos a la Iglesia ni menospreciamos a nuestros sacerdotes delante de mi hijo. Es un asesino vocacional y un propagador del cáncer espiritual el hablar negativamente de la Iglesia.
Si surge un conflicto, es importante que sus hijos lo vean resuelto de una manera madura y respetuosa. Los sacerdotes también son personas y no son inmunes al error, pero por su ministerio merecen nuestro máximo respeto. Es importante que infundamos en nuestros hijos este sentido de respeto por la Iglesia y sus siervos.
2. Animar a los hijos a relacionarse con sacerdotes y religiosos
He sido increíblemente afortunada por tener algunos sacerdotes en la vida de mi hijo que lo han apadrinado en asuntos personales y espirituales.
Si mi hijo hace una de sus preguntas típicamente inquisitivas que no puedo contestar correctamente, no tengo ningún problema con decirle que envíe un correo electrónico o llame al padre. Si necesita hablar con otra persona que no sea su vieja mamá, mi hijo acude a ellos para buscar consejo y asesoramiento. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste al padre espiritual a cenar en tu casa?
3. Hacer que los hijos se involucren en su iglesia
Es buenísimo para los preadolescentes y adolescentes hacer algún voluntariado en la parroquia. Esto construye un carácter de servicio pero también pone a los niños en interacción directa con sus padres espirituales en un nivel más personal y más allá de las interacciones de la misa semanal. Ser un joven voluntario activo también ayuda a establecer un sentido de pertenencia a la Iglesia.
Igual que las tareas domésticas hacen hincapié en que los niños son miembros de una familia, ofrecerse como voluntarios en la iglesia como servidores del altar, acompañante, monitor de guardería, jardinero, lo que sea, refuerza el hecho de que son miembros activos de su parroquia. Nuestra relación con la Iglesia debe ser dar y recibir, como en cualquier familia sana.
4. No alentar el ecumenismo demasiado pronto
Probablemente una de mis opiniones más impopulares, pero creo que es un gran error dejar que nuestros hijos vayan a servicios de otras Iglesias o funciones juveniles. Los niños pequeños e incluso los adolescentes no son lo suficientemente maduros espiritualmente ni están lo suficientemente bien formados como para defender su fe de manera articulada si son cuestionados por otras visiones.
Los grupos juveniles de la Biblia son muy populares en el Sur y mi hijo es a menudo invitado por sus amigos a ir a sus campamentos de la iglesia o reuniones de grupo juvenil. Sé por experiencia que estos eventos son usados ​​para atraer a miembros a su iglesia.
Para un niño o un adolescente aburrido con su iglesia, estos campamentos juveniles pueden ser tentaciones seductoras. En su lugar, haga que sus hijos construyan sus propias amistades en la iglesia asistiendo a campamentos católicos y participando en sus grupos juveniles parroquiales.
Que la iglesia católica sea su única influencia infantil para poder poner esa marca indeleble en sus almas. Entonces más adelante en sus vidas el catolicismo será el único lugar donde genuinamente se sientan como en su hogar. Hay mucho tiempo para apoyar los esfuerzos en el ecumenismo en la edad adulta, desde una posición de comprensión madura de la propia fe.
5. No dejar tu fe en el banco
Lleva tu catolicismo contigo a casa. No lo dejes en el banco el domingo por la mañana. Deja que tu fe católica sea el fundamento de lo que dices, haces y piensas en tu propia vida. Sea ese el ejemplo para tus hijos. No te avergüences de ser católico y no te niegues a compartir tu fe.
Sé valiente. Sé un católico feliz, y feliz de ser católico. Deja que tus hijos vean tu gratitud por los sacramentos de la Iglesia y por las gracias que proporcionan. Haz del tuyo un hogar católico con un crucifijo visible en la pared e imágenes religiosas.
6. Por encima de todo, orar
Orar. Nunca dejes de orar. Ora por tus hijos y sus hijos. Busca la intercesión de los santos y de la Santísima Virgen María. Ora sin cesar. Llévalos a la adoración. Recen el Rosario con ellos. Lean la Biblia juntos como una familia. Rechacen dejar que se pierdan poniendo su fe y su confianza en Cristo.
Sé que puede dar miedo pensar en nuestros hijos dejando la Iglesia. Es una preocupación que está más allá de nuestro control como padres. Los niños cuando crecen a menudo hacen lo que quieren y van a donde les place. Este es un hecho que está fuera de nuestro control.
Podemos, sin embargo, controlar cuánto rezamos por ellos. Mira la historia de santa Mónica con su hijo, el doctor de la Iglesia san Agustín, que era obstinado y estaba espiritualmente perdido. Déjala ser un ejemplo de oración por la familia que nunca deja de rezar por sus hijos ni pierde la esperanza.

Mes del Sagrado Corazón de Jesús, día 26

Meditación de San Juan Pablo II sobre la invocación

Mes del Sagrado Corazón de Jesús, día 26

Recemos
26)  Unido con el Padre en la oración
L.  Jesús, Hijo de Dios, Tú y el Padre son uno: uno en el conocer, uno en el querer y uno en el amar.
1.  Siendo Palabra eterna del Padre, respuesta eterna a su amor, descansas en la felicidad del Padre.
2.  Tu Oración en esta tierra es el eco del colo­quio de la Santísima Trinidad.
1.  Por eso te sentiste impulsado de salir a la noche, a la soledad, al desierto para unirte con el Padre en la oración.
2.  Tus ojos resplandecieron, tu rostro brilló; por eso tus discípulos te suplicaron: "Maestro, enséñanos a orar" (LC 11,1).
1.  Les enseñaste a repetir aquellos pensamien­tos que aquel momento conmovieron tu co­razón en la unión íntima con tu Padre.
2. Cómo arde el Padre Nuestro (Mt 6,9) de tu celo por la gloria, la voluntad y el reino del Padre!
1.  Pero al mismo tiempo has rezado por nosotros: Por nuestro pan de cada día, por el perdón de nuestras culpas y por nuestras necesidades.
2.  Ahora podemos rezar nosotros con la ampli­tud y la confianza de tu Corazón.
1.  Señor, cuán prodigioso es tu oración! Toda la creación retiene el aliento, cuando rezamos; cuando nos colocamos en nombre de todo el mundo en la presencia de Dios, diciendo: "Padre Nuestro".
2.  Pones en nuestros labios el canto de ala­banza a la gloria del Padre; haces depender de nuestra oración el destino del mundo y quieres que llevemos las necesidades de nuestros hermanos ante el trono de tu Padre.
T.  Señor, ayúdanos a rezar conforme a tu Co­razón.

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domingo, 25 de junio de 2017

62. El hijo del cacique (La Santa Misa como Meta)



La Santa Misa contada en Historietas



62. El hijo del cacique.
(La Santa Misa como Meta)

Cuando en el siglo 18 y 19 los estados de Europa comenzaron a tratar como colonias suyas a muchos países de Asia y África, llegaron a esas tierras también muchos misioneros. En sus centros misioneros, escuelas e internados llevaron a los pueblos lejanos muchos valores culturales y el tesoro de la fe. A los poderes colonializadores los indígenas los consideraban como explotadores. A los misioneros se les veía como amigos y colaboradores.

En aquel entonces unos religiosos amables habían construido un centro misionero al borde de la jungla. Para protegerlo contra los animales salvajes lo habían rodeado de fuertes troncos como para formar una cerca. Invitaron a los niños de los pueblos cercanos a la escuela. También se ofreció a las mujeres y a los hombres todo tipo de instrucción. En pocos años lograron que gran parte de la gente había sido bautizada. Para el pueblo habían construido un pozo grande y profundo y habían proporcionado todo tipo de herramientas para la agricultura. Por ello se superaron catástrofes de hambre y sed que generalmente se sucedían cada tantos años.

Sin embargo muchos de ellos no habían aceptado la fe cristiana. El motivo: el brujo. Donde podía azuzaba a la gente contra los misioneros. El cacique le prestaba atención. No permitía que sus hijos y sus soldados fueran bautizados. Pero dejó que su hijo mayor vaya a la escuela de los misioneros. Este muchacho de 12 años era muy dotado y aprendió fácilmente. A la vez era una persona de mucha vida interior. Así creció en él un anhelo profundo de recibir el bautismo. Su padre, sin embargo, se lo impidió con amenazas crueles.

Llegó el día de la primera comunión. Un grupo grande de niños se había preparado. Al hijo del cacique le hubiera gustado muchísimo recibir la primera comunión. Pero estaba excluido. En solemne procesión los niños salían de la escuela y se dirigieron al templo atravesando el jardín. El hijo del cacique tenía el privilegio de llevar un estandarte. Continuamente rezaba en su corazón: "Jesús ven a mí, cuánto anhelo que vengas". De repente se oía una estampida y silbidos. Todos sabían enseguida: el cacique está atacando a la misión con sus guerreros. Se veía las cabezas de los que querían saltar por encima de la cerca. Ya se veía como las flechas envenenadas pasaban por encima de las cabezas de los niños. Estos se refugiaron en la cocina donde estaban a salvo. Los hermanos legos dispararon su escopeta al aire. El ruido asustó a los guerreros que huían.

Pocos habían visto que el que llevaba el estandarte había caído en las gradas del templo. Una flecha había penetrado su espalda. Respiraba con dificultad. El veneno estaba bloqueando la respiración. Solamente viviría diez o quince minutos. Los misioneros lo llevaban al templo y lo acostaron allí. Al inclinarse sobre él escucharon como susurraba: "Jesús ven a mí..." Luego dijo con fuerte voz. "Por favor, bautizar". Todos los niños rodeaban al hijo del cacique. Uno de los misioneros trajo el agua bautismal y lo bautizó. Otro trajo el santísimo sacramento y dijo: "He aquí el cordero de Dios". Con esfuerzo dijo el muchacho: "¡Jesús, ven!" Cuando había recibido la hostia, rezaba suavemente: "Jesús, ¡cuánto de amo!" Luego murió. Su anhelo había sido saciado. Había recibido al Salvador. Estaba con Él para siempre.

"El cacique se fue", contaban los moradores del pueblo. Con su flecha había, sin quererlo matado a su propio hijo. Cuando se dio cuenta, se alejó. La gente expulsó al brujo del pueblo. Cuando oscureció el cacique fue en secreto donde los misioneros: " Mi hijo me llama. Adónde voy escucho la voz de mi hijo. Por eso estoy aquí". Unas semanas más tarde el cacique fue bautizado. Dijo: "Ahora estoy unido nuevamente con mi hijo en una sola familia". También él había alcanzado su meta.

La Santa Misa no es aburrida. Uno puede esperarla con anhelo y alegrarse por ella como el hijo del cacique. Vale que uno pierda su vida por ella. Vale que uno lleve a otros a la Misa - amigos, parientes. En la Santa Misa la familia es unida en una sola familia. En la Misa se sacia todo anhelo.


He aquí otra experiencia contado por un misionero del África.

Una niña de 7 años le pedía insistentemente al misionero que la admitiera a la primera comunión. Una y otra vez el misionero le repetía que tendría que esperar. Ella le preguntaba cuánto tiempo tendría que esperar. Sonriendo el misionero le indicó sus bellos dientes y le dijo: "Cuando se te han caído todos los dientes de leche entonces será el momento para hacer la primera comunión". El día siguiente apareció la niña todo ensangrentada y le mostró al misionero su boca. Ya no había diente alguno. Los había arrancado todos. ¿Qué creen que ha hecho el misionero? ¿La habrá admitido a la primero comunión? ¡Por supuesto!